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DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD

Por ODISEO

Soy consciente de lo arduo del tema que me propongo apuntar, solo apuntar. La pusilanimidad en asuntos femeninos por el hombre de hoy, en contraste con la osadía que le caracteriza, en temas, que aparte de la profesionalidad, o en aquello que ocupa al varón en su actividad para ganarse el pan, son tratados con una falta de conocimiento y estudio desconcertante. La propia conciencia de riesgo, de osadía de este escrito, lo acredita.

Porque me propongo, para bien o para mal, una reflexión sobre la mujer en la sociedad a través de la historia y en la sociedad actual

De ella, hasta hace bien poco, casi solo se ha tratado referida al hombre. También es cierto, que cuando ha sido ella la que ha tratado el tema del hombre, lo ha referido sobre el sexo contrario. Valla lo uno por lo otro. En la literatura femenina hay muchos ejemplos de esto; también en la masculina. Pero tal tratamiento se está poniendo en cuestión, principalmente por el movimiento feminista, desde donde se trata de hacer inocua una realidad evidente.

En mi trabajo "Igualdad" trato sobre lo absurdo de establecer la igualdad entre componentes cósmicos, naturales, biológicos, anímicos, intelectuales, y si se quiere en variables sobrevenidas, como son las sexuales. Ignoro si cualquier elemento componente del cosmos está formado por idénticas moléculas, lo mío en la disciplina de la física, es muy menguado. Pero aún si lo hubiera, no cambiaria la ley general sobre el aporte, más o menos diferenciado, en la composición de cuanto nos rodea.

La formación desde el embrión, inicia el proceso bioquímico para obtener de él las funciones diferenciadas de cada sexo. También las que son iguales o análogas en el ser humano hombre y mujer. Las células bioquímicas ya empiezan a diferenciarse; en unos casos derivan hacia un sexo y en otros hacia el contrario, y cuando ya es nacido, su rumbo psicológico va derivando por distintos caminos 

Por lo tanto, la mujer en la historia ha transcurrido por parámetros biológicos y psíquicos diferenciados del hombre y viceversa, y esto es una verdad de Perogrullo. Sin embargo, su presencia en la historia, aunque diferenciada, ha influido permanente y decisiva en los acontecimientos puntuales y en el devenir constante.

Hasta el punto es diferenciada la vida entre sexos, que esta reflexión es muy posible que, con toda razón, sea juzgada por lectores féminos como carente de rigor y conocimiento, dado que procede de un varón. Lo acepto en nombre de la diversidad.

Pero dice la copla "ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero"
Mucha literatura, mucha poesía, mucha música, y numerosísimas expresiones artísticas se han fundamentado en ello. Es, ha sido y será, el tema constante referido sobre todo a los sentimientos que suscita la relación entre los dos géneros, mucho más abundantes que los que el ejercicio de la razón, ha ocupado en este tema.

Sin embargo palabras de un hombre como Víctor Hugo, abordan una gran presencia de razón, cuando dice refiriéndose a la mujer algo así como: "esos seres que conocen al hombre más y mejor que él mismo" Naturalmente refiriéndose a ellas.

Nosotros los hombres apreciamos en las mujeres menor rango vital, pero paradójicamente, esta inferioridad es fuente y origen del valor peculiar que la mujer posee referida al varón. Porque, gracias a ella, la mujer nos hace peculiarmente hombres felices, y es feliz ella misma, es feliz sintiéndose débil. En efecto solo un ser de este tipo en relación al varón, puede afirmar radicalmente el ser básico de este, no sus talentos ni sus triunfos ni sus logros, sino la condición esencial de su persona.

Es más humana mujer, cuanto la atracción del hombre es más ejercida sobre ella, y a la inversa, lo es menos si se haya ajena a la atención de él. Y en los momentos cálidos del amor erótico, no entrega solo su cuerpo, sino su cuerpo y su persona, con todo lo que ello arrastra. Es, como otras, cualidad linajuda del amor en la mujer. Cosa que no ocurre con el varón; y si ocurre, es en aquellos de más fina sensibilidad. Los hombres, hacen presente su vida con el cuerpo por un lado y el alma por otro. Tan torpes nosotros, nos encontramos en la certidumbre de que son las formas corporales, que después vamos a incorporar como formas femeninas, las que nos señalan el modo peculiar del ser disímil, pero inconscientemente son todas y cada una de las formas que en ella se intuyen las que nos hacen entrever, solo entrever la intimidad de aquel ser, y esa feminidad interna, transita sobre su cuerpo y lo feminiza. Es el alma femenina la que nos hace diferenciar su cuerpo.

Un conocido mío, con ocasión de la estancia en la playa, hizo un comentario a un exabrupto masculino, con pretensiones de piropo, hacia el cuerpo de determinada mujer, y por lo bajo murmuró; "Esa mujer es más hermosa por lo que oculta, que por lo que muestra" Nunca supe si lo que ocultaba era su mirada, su cuerpo o sus ademanes. Era una cuestión de imaginación en la percepción de su feminidad.

En este tiempo, sufrimos la tiranía del mito de la igualdad, en virtud de la cual aceptamos que las cosas son mejores cuando son iguales. La afirmación mítica irritará a muchas personas. Pero, he de advertirles, que la irritación no es buena credencial de discernimiento. Las cosas son como son, y fatalmente responden a la naturaleza de las mismas, nos guste o no nos guste.

Pero a lo que íbamos; después de esta digresión en torno a la mujer como tal, es justo decir que la historia, la historia de la sociedad, singularmente la Occidental, que por otro lado es la que pone en evidencia el transcurrir de nuestra humanidad a través del tiempo, la trabazón de su cultura desde que tenemos constancia fehaciente de ella, su progreso en la técnica, la ciencia, las creencias, los modos, el arte, los mitos, la ontología que la sustenta, su sufrir, su gozar, sus luchas, sus paces, sus amores y amoríos de los que no escapa nadie, en fin, su vivir no ha sido justa con la mujer. Ha obstruido la evidencia de su principal presencia en ella. De su protagonismo callado a lo largo y a lo ancho del tiempo. O al menos devaluado.

Contamos la historia de Helena, apelando a la frivolidad de considerarla como si fuera una figura secundaria de la expansión de la cultura griega extendida por el Mediterráneo, a pesar de erigirse en la causa primera que orientó a aquellos aqueos de Homero a la expansión y difusión de los saberes y los valores de Grecia. Que originó la arribada de Eneas a Roma, fundamento del derecho e inspiración del mando, la política, la sociedad y muchas de las maneras europeas.

De Cleopatra, cuya significación en los avatares posteriores, génesis del imperio que por entonces nacía, aportó la influencia tanto positiva como negativa en los hombres prominentes de entonces.

Gala Placidia, prolongadora de la civilización romana en la barbarie que se imponía en el propio imperio Leonor de Aquitanía que implantó los modos corteses en una sociedad, en la que aquellos modos nos parecerían modos zafios en esta, fue domeñadora del trato brusco, aún con costumbres bárbaras. 
Y tantas otras de ayer y de hoy

Quedando siempre al rebufo de los varones por la simple razón de que su feminidad además de condicionarla para otros menesteres, le exigía nada menos que los cuidados del ser que gestaban dentro de sí y el cuidado en su preparación, para ser además, partícipe de la sociedad que en cada momento de su vida les incumbe en las mejores condiciones posibles. De tantas mujeres que, en nombre de su dúctil naturaleza, han estado y siguen estando presentes.
Un adagio hindú dice: "Si educas a un niño, educas un hombre; pero si lo haces con una niña educas una familia"

En una de tantas disputas ociosas que he presenciado y que se prodigan ahora, hubo un momento en que un varón apostilló a una fémina queriendo hacer palpable la superioridad del hombre, y subidos los dos en una terraza alta, le mostró él la perspectiva grandiosa de la ciudad que se contemplaba y le espetó. -Todo eso que ves lo hemos edificado los hombres- a lo que ella respondió -Si no hubiésemos estados las mujeres junto a vosotros con nuestra incitación, ánimo y aliento, viviríamos aún en cuevas.

Es curioso que, sobre todo en España, se enaltezca tanto la diversidad, y a la vez la igualdad. Cosa totalmente contradictoria. O somos diversos o somos iguales no es posible las dos cosas a la vez.

Actualmente la mujer reclama su inclusión en la vida productiva. Vida que se encuentra en muy diversas actividades al alcance de ella, en función de la dulcificación en el esfuerzo por la técnica. Naturalmente que esto conlleva ciertas dificultades, ciertas servidumbres, ciertas anomalías, no solo como las que sobrevienen a causa de las deficiencias subjetivas en la educación de la prole, sino en el modo de vida psicológico que se establece en la relación con el hombre.

Las ansiedades, producidas por las prisas en el plano personal y en el social, hacen que el alma se nos salga por el aliento. Todo de prisa, sin dar tiempo a la más mínima meditación, al más mínimo ensimismamiento. Todo fuera, todo al instante. No hay tiempo para los hijos y se trata de resolver esto no teniéndolos y si se tienen por el tirón natural en los hombres y mujeres, malcriándolos; mucho más si se produce la separación tan frecuente, haciendo de los hijos objeto de chantage con la actitud de ver quien es más complaciente con ellos. No se vive, se corre, se precipitan las decisiones sin pensarlas, sin sujetarlas a ningún código deontológico ni mandato natural ni social ni moral, sino disfrazándolas en modas, frases hechas, consumo. Tal parece que queremos llegar a un tiempo y a un lugar utópico a toda prisa, en esta generación definitivamente. Ahora o nunca. Tal ligereza en el pensar y en el actuar está pesando principalmente en la mujer, y su persona, aunque parezca!contradictorio, se frivoliza como nunca ha sucedido en la historia. Precisamente cuando su lucha estriba en el propósito de su revalorización. 

En rigor se palpa cierto desconcierto en la actitud de ella que se hace patente en actitudes, que queriendo emular las masculinas, no acaban de ser ni chicha ni limoná. Y a las de él, que se encuentra en la situación de no saber si se encuentra en la cultura hasta aquí vigente o en otra, en la que no sabe que es lo que le depara. No solo se han multiplicado la asistencia psicológica en el hombre, sino también en la mujer. Y esto, es fruto del esfuerzo relámpago al intento de adaptación a las aptitudes y actitudes que siempre han sido del hombre primero en el esfuerzo frente a la naturaleza hostil, y después tanto en la creación de las herramientas como su uso. Las revoluciones siempre acaban por dejar como mínimo un sedimento de los usos contra los que se produjo esta. En esta revolución, -la de los sexos- tal parece, que la impaciencia, -Dios sabe a que atribuirla,- es el principal ingrediente de la incorporación efectiva a la vida de ella, que en el hombre ha sido a través de la historia su primordial fundamento en el ánimo, es decir el esfuerzo antes físico y ahora atenuado por la herramienta para proveer un hogar.
Ejemplo de ello es la ridícula manía de la paridad en empleos responsabilidades, y hasta canonjías. No entiendo que en la aspiración de igualarse con el hombre, no entiendan, quienes esto prodigan, lo que representaría una humillación a su condición si, advirtieran que esa obsesión, lo que hace es forzar la aptitud a su condición de género y no a lo efectivo de sus cualidades personales innatas o adquiridas. Pues si es por su competencia personal mejor una mujer, es a ellas a las que corresponde en justicia el empleo, si es al contrario no deben acceder por su condición de mujer, y lo mismo digo en sentido inverso. 

El caso es que un hogar va siendo cada vez más imposible de mantener sin la contribución en la provisión de su mantenimiento de los dos que componen la pareja. Yo no digo que sea malo ni bueno, pero desde luego abre una perspectiva incierta, en el futuro, sobre la estructura de la familia que al fin es la de la sociedad.

Porque un valor en la cultura actual, en la que está incluida la economía, es como valor, el consumo interior, que es como decir el nivel de consumo de cada uno. Quizás estemos desnudando un santo para vestir a otro, tal vez. Lo desorbitado del consumo actual, es que se consume demasiado lo superfluo.
Quizás, si por la naturaleza hubiese dado al hombre la facultad de procrear en solitario, o a la mujer del mismo modo, hubiera sido ociosa la presencia de ambos géneros. El mundo hubiera sido de forma radicalmente distinta. 

Entre los individuos de la misma especie también hay diversidad que unas veces se estima en superioridad y en inferioridad, pero ello es en razón de la cultura donde vivan, en los valores que atesoren dentro de lo que se estima mejor o peor en cada sociedad, pero en lo que concierne a la naturaleza de las cosas, si lo analizamos bien es cuestión de matices solamente.

Rousseau en su "Contrato Social" dice. (1)"Supongamos a los hombres en un punto en que los obstáculos que dañan su conservación, en el estado de naturaleza, inutilizan, por su resistencia, las fuerzas que cada individuo puede emplear para mantenerse en esa situación. En ese momento, tal estado primitivo no puede seguir subsistiendo y el género humano perecería si no cambiara su modo de ser y existir. 

Así como los hombres no pueden crear nuevas fuerzas, sino sólo unir y dirigir las existentes, tampoco tienen otro medio de conservación sino el de fomentar por agregación una suma de fuerzas que los coloque en condiciones de resistir, que puedan moverse de acuerdo y obrar concertadamente. 

Esta suma de fuerzas no puede nacer sino del concurso de muchos hombres, (2) pero al ser la fuerza y la libertad los primeros instrumentos de la conservación de cada hombre, ¿cómo podrá comprometerlos sin hacerse daño y sin descuidar todo lo que se debe a sí mismo? 

La mencionada dificultad puede enunciarse en los siguientes términos: "encontrar una forma de asociación que defienda y proteja, con todas las fuerzas comunes, a la persona y bienes de cada asociado; en ella, la unión de cada uno con el resto permite, no obstante, que cada uno no obedezca sino a sí mismo y siga tan libre como antes". Tal es el problema a cuya solución apunta el contrato social. 

Las cláusulas de este contrato están tan determinadas por la naturaleza del acto que la más leve modificación las hace vanas y nulas aunque ellas nunca hayan sido formalmente enunciadas son en todo y por todo tácitamente admitidas y reconocidas; y cuando se viola este pacto social cada hombre vuelve a sus primeros deberes y recobra la libertad natural perdiendo al mismo tiempo la libertad convencional por cuya causa renunció a la primera. 

Estas cláusulas bien entendidas se reducen a una sola: la enajenación total de cada asociado con todos sus derechos a la comunidad porque si cada uno se entrega íntegramente, la condición es idéntica para todos y por ende nadie tiene derecho de tornarla onerosa para los demás 

Por otra parte si la enajenación se practica sin reservas la unión es tan perfecta como puede serlo y ningún asociado tiene motivo de reclamo. Pero si se conservan algunos derechos particulares, al no existir autoridad superior común que se pronuncie sobre ellos, al ser cada uno, en cualquier momento, su propio juez, aspiraría muy pronto a convertirse en juez de todos: en tal caso subsistiría aún el estado de la naturaleza y la asociación sería tiránica o vana. Además, cuando cada hombre se da a todos no se da a nadie, y como tampoco tiene él ningún derecho sobre los demás, gana el equivalente de todo lo que pierde y más fuerza para conservar lo que tiene. 

Si se separa del pacto social lo que no hace a su esencia, queda reducido a los términos siguientes: cada uno de nosotros pone su persona y todo su poder bajo la dirección suprema de la voluntad general y nosotros, como cuerpo, recibimos a cada miembro como parte indivisible del todo. De inmediato en lugar de la persona individual de cada contratante, este acto de asociación genera un cuerpo moral colectivo, compuesto de tantos miembros como votos tiene la asamblea que confirma en ese mismo acto su unidad su personalidad común su vida y voluntad. Esta persona pública que se forma así por la unión de todos se llamaba antes ciudad y hoy debe llamarse república o cuerpo político, también es llamada por sus miembros Estado, cuando es pasivo, soberano cuando es activo, y potencia cuando se la compara con sus semejantes. En lo referente a sus asociados, colectivamente reciben el nombre de pueblo, y se llaman en particular ciudadanos como participantes de la autoridad soberana, y vasallos, cuando sometidos al Estado."

Una descripción de la sociedad sin concesiones a la demagogia. De la sociedad participativa donde tiene su lugar la mujer. Viene a establecer lo que los viejos comunistas establecían bajo el dicho: "de cada uno según sus facultades y a cada uno según sus necesidades" y que no pusieron en práctica. 
Es cuestión de unidad en la diversidad. El mundo está lleno de hombres y mujeres distintos. Mas cada ser humano con su peculiaridad es un mundo, participa de la humanidad y que quiere vivir. Que no es poca cosa

"Las crisis en el mundo de las ideas se superan por elevación, no por disminución y es así cómo debemos enfocar algunos interrogantes planteados por la ideología relativista y destructora de la identidad de la persona humana, que pretende totalizar la sociedad española: ¿la mujer es más o menos que el hombre?. ¿es un plus en la vida de la sociedad o esencial e insustituible en la historia de la humanidad?. ¿la identidad de la mujer pasa por modelos masculinos o debe buscar otros senderos para llegar a ser ella misma?; la lista puede llegar a ser exhaustiva y hay que nuclearizar el fondo de la cuestión: la mujer posee la misma dignidad del varón pero diferente identidad. De aquí derivan algunas verdades: el auténtico feminismo se llama "igualdad de derechos y oportunidades y complementariedad en sus funciones"; el hombre y la mujer se perfeccionan mutuamente pero no se identifican porque son diferentes en su personalidad, en su genética, en su psicología, en su inteligencia y!en su afectividad; para que un recién nacido llegue a desarrollar su personalidad - es decir, su capacidad de ser persona-, necesita de un padre y una madre que le aportarán sus peculiaridades personales, diversas y complementarias, por lo que no tiene sentido hablar de "progenitor A y B"; sólo son idénticos la mujer y el hombre en su responsabilidad, pero cada uno la ejercerá de manera diferente .

"Mujer sé tu misma"; éste puede ser un buen consejo y para ello, algunas pautas vitales: si vivir consiste en "pensar o saber, querer y hacer", quizá hay que aprender a ser lo que uno debe ser, hay que querer hacerlo sin temor ni titubeos, y hay tener un norte claro para que el "quehacer de la mujer" no sucumba ante interferencias, desorientaciones u obstáculos externos. Entre éstos quizá uno destaca sobre los demás: durante siglos, en algunas sociedades, a la mujer le ha correspondido ocupar un lugar circunscrito al trabajo del hogar y a la educación de los hijos, pero ésta realidad no pertenece a la identidad femenina, sino a un modelo cultural que se ha transmitido de generación en generación; y quizá ha llegado la hora en la que el hombre y la sociedad acepten un cambio de mentalidad por el que el trabajo del hogar y la educación de los hijos corresponda tanto al hombre como a la mujer porque ambos son necesarios a los hijos y ambos trabajen fuera del hogar. Este reparto  de funciones, - el hombre en el trabajo y la mujer en el hogar-, no afecta al núcleo masculino o femenino, por lo que puede cambiar. Si ese momento no tarda en llegar, veremos cómo el hombre aporta lo mejor de sí mismo - y no se limita sólo a trabajar y ganar dinero-, y la mujer accederá a puestos de responsabilidad sin descuidar a su familia o a su hogar; la verdad es que todo ser humano puede dar más de lo que da si se lo propone porque somos un pozo sin fondo de oportunidades insospechadas. Y cuando se logre esta aventura - hoy por hoy utópica - con buen final, el mundo se convertirá en una familia porque la mujer habrá" feminizado" un poco más la humanidad"
Leído en un texto, de cuya autora no recuerdo el nombre. Que los acontecimientos conduzcan al final pretendidamente utópico que preconiza, es la duda y la zozobra.

Posiblemente, cuanto he vertido en este trabajo no sea lo que se ha dado en llamar "políticamente correcto," pero lo que es evidente, debería tomarse como obviedad, pero ya se sabe, y por lo tanto también es obvio, que aquello que el padrecito Freud estableció como prescripción para la solución de la histeria, padece de muchas contraindicaciones e incompatibilidades. Puede ser que la medicina adecuada es acompasar el ritmo de los tiempos. En fin, menos prisas, más sosiego, la adaptación requiere tiempo y si no que se lo digan al padrecito Darwin.

Transcribo íntegro un texto de Rocco Buttiglione
"Los años 70 y 80 han visto un cambio extraordinario en los comportamientos sexuales en los países del Occidente europeo y, a la vez, en el estado de opinión habitualmente aceptado en este campo. Esta transformación ha recibido el nombre de revolución sexual y podemos colocar su principio en los sucesos del 68 en Europa, anticipada de alguna manera por los movimientos juveniles de los Estados Unidos de los años 60.

Esta transformación radical tiene una serie de causas de naturaleza diferente. El descubrimiento de la píldora anticonceptiva pone a disposición de las mujeres un instrumento eficaz y relativamente inofensivo para evitar embarazos no deseados. Esta posibilidad técnica se pone en las manos de una generación de mujeres jóvenes sometidas a una extraordinaria presión social y obligada a redefinir radicalmente su papel y sus expectativas sociales. 

De las mujeres se pide que entren en el mercado de trabajo y compitan en él con sus coetáneos varones. La maternidad es, ciertamente, un obstáculo para la afirmación individual, sobre todo si la sociedad no asume como un objetivo prioritario una política social que haga compatible el trabajo profesional con la vocación a la maternidad. 

El primer feminismo, que encuentra en el libro famoso de Simone de Beauvoir El segundo sexo el propio manifiesto, ve la emancipación de la mujer en la eliminación de la diferencia respecto al varón. Pero la diferencia fundamental consiste justo en esto: que el fruto de la concepción permanece con la madre, mientras que el padre puede desinteresarse, e incluso negar la propia responsabilidad (al menos antes del reciente test delDNA). 

Por esta razón las mujeres siempre han observado y defendido una ética sexual más rigurosa que la de los hombres. La idea de que la unión sexual sea legítima sólo en el interior de una convivencia socialmente reconocida tiene como fin hacer que cada madre pueda tener a su lado un padre para hacer frente a los gravosos deberes materiales y morales del cuidado y la educación de los hijos. 

La píldora ha hecho que la maternidad, en vez de destino, sea elección, y la elección de muchas madres es, en una determinada fase histórica, no ser madres. Dicha elección puede ser definitiva o provisional. En este último caso, una fase de la vida dominada por una sexualidad no ligada a una relación estable y socialmente reconocida, viene seguida por otra en la que se casa y se tienen hijos. 

Junto a la invención de la píldora la ideología de la revolución sexual encuentra su base en las tendencias demográficas de los años 60, 70 y 80 y las extrapolaciones que se hacen. La introducción -aunque en medida limitada- de las modernas técnicas de higiene y profilaxis en los países subdesarrollados provoca una rápida caída de los niveles de mortalidad, especialmente infantil, mientras que los niveles de natalidad continúan creciendo. 

Nace el temor de que pronto el número de los hombres sea tan grande que exceda la capacidad de la tierra para sostenerlos, poniendo en breve tiempo a la humanidad delante de la posibilidad de destrucción del ambiente, del agotamiento de los recursos naturales no renovables y, en fin, del colapso económico y social. No tener hijos, más que tenerlos, parece ser el comportamiento que se corresponde mejor con las necesidades de una fase nueva de la historia de la humanidad. 

Todos los elementos que hemos recordado sumariamente conforman una ideología más o menos coherente, que toma elementos marxistas y freudianos, pero los utiliza y los recompone de un modo que cambia al menos en parte su significado originario. F. Engels había sostenido en su libro El origen de la familia, de la Propiedad Privada y del Estado que la familia no es una institución natural, pero surge en la historia, junto con la propiedad privada. Existe así un tiempo antes de la familia, cuando aún no se manifestaba la exigencia de una transmisión ordinaria de la propiedad a la que la familia responde. 

Los ideólogos de la revolución sexual sostienen que la humanidad está entrando en una nueva fase en la que no habrá necesidad de la familia, y la familia por tanto está destinada primero a debilitarse y después a desaparecer. 

Los niños, en la medida en que continúen naciendo, serán socializados por nuevas instituciones: irán desde asilos a tiempo completo, hasta las comunas, que ya tuvieron gran popularidad, aunque fugaz. 

La política también ha hecho su aportación a este proceso, poniendo por obra políticas sociales que miran al individuo, y que, en medida creciente, han ignorado el papel de mediación de la familia entre el individuo y el Estado. Así, el Estado se ha preocupado directamente de la mujer, del anciano, del niño, haciendo que la familia no tome parte en los propios problemas de sus miembros y de este modo ha contribuido a debilitar la autoridad, la función y el papel de la propia familia. 

A esta evolución cultural y social se opuso en 1968 el Papa Pablo VI con la encíclica Humanae Vitae. Esta ha sido entendida y criticada como una encíclica sobre la licitud moral del uso de la píldora. En realidad, el tema de la encíclica es más bien la naturaleza de la sexualidad humana y del amor humano, una crítica de la revolución sexual y de la separación entre sexualidad y procreación. El Papa aparece como el último defensor de un mundo destinado a un inevitable cambio. 

A más de treinta años de distancia de aquel clima cultural y político, hoy nosotros estamos llamados a hacer un primer balance de la revolución sexual, de sus consecuencias, y de la situación de la familia en el mundo de hoy. 

Las tendencias demográficas en el mundo de hoy difieren de modo sensible de las de hace treinta años y aún se diferencian más de las extrapolaciones estadísticas que entonces se hicieron. Podemos hacer aquí una observación de carácter general: prever el futuro no es fácil y no es aconsejable hacerlo extrapolando y prolongando en él las tendencias que dominan en una determinada fase histórica. La prevalencia de una tendencia a menudo genera reacciones y contratendencias que pueden corregir o también invertir la tendencia originaria. Hoy, en muchos países en vías de desarrollo, los padres se dan cuenta de que casi todos los niños nacidos alcanzarán la mayoría de edad sin ser diezmados por las enfermedades infantiles que antes reducían dramáticamente su número. Y además es cada vez más evidente que el niño tendrá necesidad, antes de ser económicamente activo, de un período relativamente largo y costoso de instrucción. 

La necesidad de invertir en los hijos, unida al porcentaje más alto de niños que alcanzan la mayoría de edad, hace que las parejas reduzcan el número de los nacimientos tanto que se puede prever a no muy larga distancia una estabilización de la población mundial. Factores decisivos de esta tendencia son el crecimiento de los niveles de instrucción y el desarrollo económico. 

Los recursos naturales no se han agotado. Hemos aprendido usarlos mejor, hemos descubierto nuevos recursos, hemos abierto nuevos caminos para la investigación científica (por ejemplo las biotecnologías) que nos permiten mirar el futuro con mayor confianza. La tierra será capaz aún de alimentar a las generaciones que vendrán después de nosotros. 

En algunos países, y de modo particular en aquellos que han vivido más intensamente la experiencia de la revolución sexual, ha surgido un problema dramático de disminución demográfica. 

El número de niños disminuye hasta el nivel de 1,2 ó 1,3 por cada mujer. Aumenta en consecuencia el número de ancianos y disminuye el número de jóvenes. En los países europeos, donde las pensiones de los ancianos son pagadas con las tasas y las contribuciones de los trabajadores más jóvenes y activos, eso lleva a una crisis dramática de los sistemas de pensiones. Se puede considerar que estas tendencias ponen en evidencia el hecho de que la razón de ser de la familia no es asegurar la ordenada transmisión de la propiedad, sino asegurar al niño las condiciones de su maduración humana, el ambiente sereno y protegido en el que puede florecer como hombre, y, juntamente, crear las condiciones para que el anciano pueda tener junto a sí en los años de la vejez a alguien que le quiera y le cuide. 

Los Estados modernos han intentado sustituir esta función de ligamen entre las generaciones con los sistemas de pensiones y los sistemas de asistencia sanitaria y social. Los resultados no son brillantes. Los sistemas de asistencia gestionados por el Estado son costosos y poco eficaces. El anciano manifiesta exigencias afectivas que prevalecen sobre las necesidades materiales; y, sin duda, el drama principal del anciano es la depresión y el aislamiento social. El Estado no llega a sustituir a la familia en la asistencia al anciano. Igualmente resulta fallido el intento de crear agencias de socialización de los niños y de los adolescentes sustitutivas de la familia. 

En nuestros países nacen demasiado pocos niños y demasiados de estos pocos nacen fuera del matrimonio y no encuentran para acogerlos un ambiente favorable capaz de acompañar el propio desarrollo. Crece entonces la inestabilidad juvenil, el sufrimiento psíquico, la inadaptación y la criminalidad juvenil. Particularmente preocupante es el fenómeno de los jóvenes varones que crecen sin tener delante de sus ojos la imagen de un varón adulto que cuida de una mujer y de sus propios hijos. Es a través de la preocupación por la mujer y por los hijos como la fuerza del hombre se convierte en trabajo. Donde falta este arquetipo crecen subculturas de la violencia en las cuales el objeto de deseo no se alcanza con la fatiga y el trabajo sino que se conquista con la violencia, y en las cuales domina el desprecio por la mujer". 

A quien seria ocioso preguntar sobre esto, es a Dios, porque ya tiene dicho su proyecto desde muy antiguo. Y sus mandamientos. Pero claro ya se sabe que quién deja de creer en Dios acaba creyendo en cualquier cosa. Y viviendo de esa cosa y para ella. Es decir en el vacío.
La pregunta es ¿Estamos llegando a la conciencia de que la mujer gozará, como ha gozado de una identidad diferenciada que aplicada al presente y al futuro que nos puede esperar tenga reconocido tanto el papel natural como social que le corresponde? O bien, estamos deslizándonos a una nueva barbarie emanada de esta civilización. 

(1) ROUSSEAU, Jean-Jacques, El contrato social, "Capítulo VI: Del pacto social"
(2) En el sentido general a saber: tanto hombres como mujeres



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