¿Cómo reconocer a hijos “vacacionando” y a madres trabajando el triple?
La mujer, madre, va al supermercado con ojeras más dignas de Drácula que de otra
cosa, porque trabajó en su casa de tiempo corrido y extra, en trasnoche, desde
su computadora hogareña para el trabajo.
Se aclara que la trasnoche es el único momento del día en que: puede leer,
comer, trabajar e ir al toillette con dignidad y una cierta tranquilidad, porque
sus vástagos roncan a cuatro manos, exhaustos de entre otras cosas, dejarla
exhausta a ella.
Va a hacer las compras con un look onda: ultra chic pelos de punta, como si se
hubiese practicado una permanente casera, metiendo los dedos en el enchufe y la
sigue un estribillo de voces menores que le susurran cuando no, le exigen al
oído y en voz audible, en caso de que ésta pretenda hacer caso omiso al pedido,
comprame, comprame, comprame, comprame, comprame, comprame, comprame, comprame,
comprame.
Es la que renuncia a pedir algún favor porque la más grande está hipnotizada con
el Chat, cómodamente instalada en la compu, el otro esta idiotizado frente a la
caja boba pero ya sacó número para seguir en la p.c.
Así que, para cuando osen preguntar que nos adolecía, una, ya se rompió el
ciático por millonésima vez para levantar algo que los energúmenos dejaron
tirado y obviamente y para variar, no se dieron cuenta.
Pedirles un mandado es sinónimo de que te miren con una cara tipo, como no me
avisaste que llegó un marciano.
Una madre cuyos hijos están de vacaciones tiene extremadamente sensibilizados
los tímpanos, porque la aturden con: el 8.1 de la computadora, los parlantes del
d.v.d, los sonidos del estero y las centillésimas veces que la más grande se
tutea, a los gritos desesperados y caminando hiperquinéticamente con el celular
en una mano, el inalámbrico en la otra, haciendo tele conferencia y con el mp5
en los dientes, con las confraternas al grito de che boluda, no escuchame
boluda, dejame hablar boluda; ignorando olímpicamente como una se dedicó nueve
meses a pensar para elegir su nombre.
Y se repiten al oído lo mismo que estuvieron hablando desde la medianoche del
día anterior, ampliado y actualizado.
Reseteo, luego existo
Un adulto por favor, a estas alturas que viene a ser, haber sobrevivido a la
primera semana de vacaciones, sin un centavo en el bolsillo y haberse vuelto una
experta maga especialista en milagros, ya pido en carácter de urgente dialogar
con otro adulto que no sea ni mi madre ni mi ex.
Un adulto normal y coherente. Pero todas mis amigas o tienen hijos, nietos o
sobrinos de vacaciones.
Así que lo único que sí nos queda es consolarnos diciéndonos: menos mal que ya
terminan e intercambiar los últimos d.v.d de películas infantiles. Queda una
semana más nada más.
Eso sí, ninguna aviva a la otra que después nos olvidaremos de todo el trabajo
que nos dieron y como si tal cosa pediremos vacaciones otra vez. Pero en fin,
somos pocas y nos conocemos mucho.
Eso sí, cuándo nuestra amiga sin hijos vuelve de esquiar, bronceadamente
relajada, y nos pregunte: ¿qué tal el receso de invierno, por nuestra mirada de
termita hambrienta y asesina, comprenderá, ipso facto, que esas son cuestiones
álgidas que nunca más deberá formular si quiere seguir gozando y padeciendo
nuestra amistad, con hijos.
Pero también tendrá razón, después de que enojada, contraatacará: “y bueno che,
si después no los tenés y los extrañas, quién te entiende a vos, ¡gata flora!”
Autor: Mónica Beatriz Gervasoni
Por
ENPLENITUD.COM